En casa, los domingos se llenan de invitados. Es casi un ritual. Nos gusta abrir la puerta, alargar la mesa y pensar que siempre cabe uno más. Tener invitados es, para nosotros, una forma de celebrar los pequeños lujos de la vida. Y el domingo es el día perfecto para hacerlo.
La mañana empieza despacio, con un buen café y algo dulce. Es el único día en que me permito ese capricho a primera hora. No soy especialmente golosa, pero sigo la tradición de mi madre: los domingos eran de chocolate a la taza, y croissants, brioches o ensaimadas. Y la nata montada que no faltase. Recuerdo que se enfadaba conmigo, y con razón, porque la probaba con los dedos.
Y recordar estas anécdotas, me gusta; me dan paz.
Después del desayuno, mientras muchos prefieren alargar el descanso, yo entro en la cocina. Para mí, es mi forma de relajarme. Pongo música de fondo (jazz o clásica, casi siempre) y dejo que el día vaya tomando forma entre cazuelas y tablas de cortar.

De joven también lo hacía, pero entonces tenía a mi madre al lado. Cocinábamos juntas la comida del domingo. Sin darme cuenta, allí aprendí que la cocina no es solo técnica: es compañía, conversación y silencios compartidos. Y llegó un día que lo hice sola; así mi madre descansaba.
El domingo es el momento de experimentar. A veces recupero recetas antiguas que hacía tiempo que no preparaba, como la zarzuela. Otras, me atrevo con versiones propias, como mi particular interpretación de la liebre à la royale —más práctica y suave— hecha con conejo. Un plato festivo, profundo, pero más amable.

Los canelones de pescado también son festivos: ligeros, sabrosos, de esos que gustan a todo el mundo. Y en la mesa nunca faltan ensaladas. De marisco, de manzana… o mi favorita: col lombarda cortada muy fina y aliñada simplemente con aceite, vinagre de Módena y sal. Una exquisitez humilde.
Y luego están los postres.

Durante años los dejé un poco de lado, pero los he recuperado. Es una tradición ya heredada de mi madre; de mis abuelos. Cada domingo, después de ir a misa a las nueve, pasaba por la pastelería. Primero a Pastelería Villaró; más adelante, cuando mi hermano se casó con la hija de la competencia, empezó a ir a Pastelería Muntada. Compraba los cruasanes, ensaimadas y brioches para el desayuno y el postre del almuerzo. Cada semana era distinto: un mantecado en verano, una torta de hojaldre con crema pastelera, pastas de té… y mis favoritos, las galletas de hojaldre.
Al volver a casa, preparaba el chocolate a la taza para acompañar los bollos recién comprados. Después del desayuno, se metía en la cocina y elaboraba el almuerzo.
Yo he recuperado esta dulce costumbre, pero con una diferencia: el postre lo hago en casa. Así me adentro en ese mundo azucarado que no es del todo el mío —les pongo menos azúcar, lo confieso— pero que me conecta profundamente con ella. La coca de Llavaneres es un éxito absoluto. Me la enseñó una seguidora, la Emilia, y desde entonces la preparo como ella. Siempre me hace ilusión cocinar vuestras recetas, del mismo modo que me emociona cuando cocináis las mías.
Y entonces, empiezan a llegar los invitados.

Quieren saber qué he preparado esta vez. Casi siempre hay un plato de fiesta, como una sopa de pescado con un buen sofrito a fuego lento. Aunque según el día, unos fideos a la cazuela nunca fallan. Pero cuando me dejo llevar por la memoria de mi madre, busco recetas especiales, de celebración, sin que eso signifique lujo excesivo. Un pollo en pepitoria, por ejemplo, esa receta medieval que ha llegado hasta nuestros días, es perfecta: sabrosa, elegante y económica.
De pequeña, después de comer, salíamos con mis padres a descubrir rincones de Catalunya. Pero si cierro los ojos, lo que más recuerdo son las visitas a la terraza del aeropuerto del Prat para ver despegar los aviones. Me parecía mágico. Mirar cómo se elevaban hacia el cielo era una forma de soñar despierta.
Ahora los domingos son distintos. Nos quedamos en casa, en el sofá, viendo una película y dejando que la tarde caiga lentamente. Más tranquilos. Más nuestros.
Y así son nuestros domingos: una mesa llena, una cocina encendida, música suave de fondo y recuerdos que vuelven en cada receta. Porque cocinar, al final, es eso: regresar a casa una y otra vez.