Una receta marinera, rápida y llena de sabor
Las gambas al ajillo son uno de esos platos que huelen a verano, a vacaciones, a sol y a mesa compartida. Tienen algo de cocina marinera sencilla, de aperitivo improvisado y de placer inmediato. En casa nos gustan mucho porque se preparan en poco más de diez minutos y siempre funcionan: como entrante, como tapa o como pequeño homenaje a esos días de playa que queremos alargar un poco más.
La clave está en no complicarlas demasiado. Un buen aceite de oliva, unos ajos laminados, una guindilla y unas gambas en su punto. A mí me gusta prepararlas con poco aceite, para que resulten más ligeras y saludables, pero sin perder ese sabor tan característico del ajo dorado y el marisco recién salteado.
Con gambas frescas quedan espectaculares, pero con gambas congeladas también se puede conseguir un plato delicioso. Solo hay que descongelarlas bien y secarlas antes de llevarlas a la sartén, para que no suelten demasiada agua.
Ingredientes para 2 personas
300 g de gambas frescas o 400 gr si son congeladas
3 o 4 dientes de ajo
6 o 7 cucharadas soperas de aceite de oliva
1 guindilla
Sal al gusto
Perejil picado, opcional
Utensilios
- Cazuela que entren todas las gambas sin amontonar
- Cuchillo
- Tabla de cortar
- Espátula
Tiempo de preparación: uns 15 minutos
Dificultad: fácil
Elaboración
- Pela los ajos y córtalos en láminas finas. Si utilizas gambas congeladas, déjalas descongelar previamente y sécalas bien con papel de cocina.
- Pon una sartén al fuego con el aceite de oliva. Cuando esté caliente, añade los ajos laminados y la guindilla.
- Dora los ajos a fuego fuerte, vigilando que tomen color pero no se quemen, porque podrían amargar el plato.
- Cuando los ajos empiecen a romper el color, incorpora las gambas a la sartén.
- Añade sal al gusto y saltea las gambas durante 2 o 3 minutos, justo hasta que estén en su punto. O, al menos, en el mío.
- Retira del fuego y, si te apetece, termina con un poco de perejil picado.
Las sirvo inmediatamente, bien calientes, con un buen pan cerca. Porque unas gambas al ajillo se disfrutan con calma, pero no esperan demasiado.